Brindemos por el antibelicismo mordaz

Sin duda, son muchas las películas que a lo largo de los años han destacado por su crítica antibelicista, en este caso de la Segunda Guerra Mundial. Otras, por el contrario, cumplen con la patriótica misión de dejar en buen lugar a esos soldados que se jugaron la piel por defender la bandera de su país. Películas focalizadas en un bando, el aliado, que parecen servir de redención al resto de compatriotas.

Sin entrar en la categorización de los distintos filmes bélicos, hay algunos que sirviéndose de los bunker y las trincheras ejercen un efecto inmediato de repulsa en el espectador, despiertan un rechazo visceral hacia una guerra en la que no hay vencedores ni vencidos porque todos pierden, algunos su propia vida, otros las ganas de seguir luchando.

cruz-hierroSam Peckinpah, en su brillante La cruz de Hierro, logra asombrar con el denominado lirismo violento a los espectadores que no esperan de ella sino otra película bélica más. Y no es, no, en ningún caso otra de tantas obras que se sirven del escenario de la Segunda Guerra Mundial para desplegar todo su armamento visual.  A lo largo de sus poco más de dos horas, esta película genera un efecto hipnótico, no tanto por la originalidad de su guión o la caracterización de los personajes, como por la fuerza de sus diálogos y la crudeza con la que se refleja el conflicto.

Con un guión basado en la novela de Willi Heinrich Das Geduldige Fleish traducido en español como La carne dispuesta, Peckinpah sitúa la acción en el frente oriental, concretamente en la Península de Taman, donde un contingente de soldados alemanes aguantará los ataques de los t-34 soviéticos, considerados los mejores tanques durante los años del conflicto. La trama se centra fundamentalmente en los personajes del capitán Stransky, un aristócrata prusiano desesperado por conseguir la Cruz de Hierro para no decepcionar a su familia y el cabo Steiner, cuyo odio a la guerra es parejo a la necesidad que tiene de ella.

 

Desde los inicios del cine, la violencia ha estado presente a través de distintas manifestaciones. Sin embargo, será en las últimas décadas del siglo XX cuando se haga explícita de un modo casi obsceno. Esta sobreexposición del acto violento encuentra su referente en el cine de Sam Peckinpah, ácido en sus críticas, quien no duda en mostrarnos el dolor de la guerra a cámara lenta.

No se conforma con una violencia almibarada, no sirven las medias tintas para un proyecto de tal envergadura. Se regodea en las escenas más duras y es precisamente en ellas en las que hace hincapié y de las que se sirve para generar un sentimiento de reprobación en el espectador. El acto violento no comienza, está inscrito en el filme desde el principio y es la clave que configura todo su universo. Según Mongin “No caemos en la violencia, uno se encuentra allí de entrada, no hay caída ni proyección”. La crueldad de la guerra se muestra sin ningún pudor, no se trata de una violencia condescendiente sino de la masacre vista en primer plano.

rusoLos muertos no desaparecen de cuadro, como solían hacerlo en las películas clásicas, sino todo lo contrario. Se incide en las escenas más duras, como la muerte del joven prisionero ruso, a través de elementos como la cámara lenta o el fuerte color de la sangre. Se ha perdido el miedo a mostrar de forma tácita la violencia y las consecuencias resultantes de ella. No obstante, llega a un punto de excentricidad tal, que se muestra demasiado. El querer sobrepasar los límites a través de la violencia, remarca el carácter de “exceso” expuesto por Calabrese.

Arrasa, rompe esquemas, destruye conceptos para poder seguir su propio camino. No hay salida posible porque ya no existe un contorno delimitado, las reglas clásicas de representación se diluyen para configurar una nueva estética.

No es una violencia cotidiana, ni familiar, es una violencia que nos resulta ajena pero que atrae irremediablemente. Es el placer voyeurista del que mira algo que sabe que no debería ver. Con ello se mete en el mundo de lo prohibido, forma parte de un círculo de violencia que parece no tener fin, lo que Mongin denomina “violencia perturbada y a la vez perturbadora”. A pesar de que el sargento Steiner consigue la baja por sus heridas en el combate, no puede regresar al mundo civil, su vida es la guerra y aunque la odia no puede estar sin ella.

cruzHenri Giroux estableció una tipología de la violencia, desde los inicios del cine hasta nuestros días. La violencia de La Cruz de Hierro se ubica dentro del concepto de violencia simbólica. Según palabras del propio Giroux “lo que pretende es conectar lo visceral con lo reflexivo, une la movilización de la emoción y las obsesivas imágenes de lo insoportable  con un intento de dotar de significado y de importancia a nuestros espasmos mortales”. Se trata de una violencia exacerbada, con una sobreestimulación de tal calibre que genera tensión continua en el espectador.

No obstante, el lirismo violento de sus imágenes ejerce un enorme poder crítico. Un manifiesto antibelicismo impregna este film desde el momento de su comienzo. Una diatriba que conjuga ironía, crudeza y mordacidad. Al son de una canción infantil Hänschen klein que sirve también de cierre, se inicia una película en la que los protagonistas no son los soldados del bando aliado, sino los alemanes, los grandes verdugos del imaginario popular.

“No os regocijéis en su derrota. Por más que el mundo se mantuvo en pie y paró al bastardo, la perra de la que nació está en celo otra vez”, es la cita del dramaturgo alemán Bertold Brecht con la que se cierra la película. Una sentencia rotunda que conecta con unos diálogos ácidos que ponen en tela de juicio los valores de los militares. Cuando a uno de los soldados le preguntan que piensa del capitán Stransky, su superior,  responde sin titubeos que “se ha creído que está una misión especial consistente en conseguir el dominio espiritual de su batallón, simbolizando la pureza y las virtudes del gran ejército alemán, incluso cuando estemos vencidos. Si eso es lo que nos queda, que Dios nos ayude”.  Con todo ello, La Cruz de Hierro es un alegato al antibelicismo, una de las críticas más duras que se han hecho de la Segunda Guerra Mundial.

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